Capítulo 2 · 12 de agosto de 2026
Solo hace falta que vuelvas
La canción se apagaba entre aplausos y helados de neón derretidos cuando Kairo bajó del pequeño escenario, todavía con el pulso alto. No le dio tiempo a llegar a la barra.
—Eh. Tú. El de la camisa que brilla más que las luces.
Rosen se le plantó delante con una copa medio vacía en una mano y el móvil en la otra, sin soltar ninguna de las dos cosas.
—Perdona el estado —se señaló a sí mismo con una risa floja—, pero necesito decirte esto antes de que se me olvide o de que me dé vergüenza mañana. Soy promotor. El nuevo, el que viene a cerrar tratos con la gente de Nuevos Sabores. Y tú, ahí arriba, acabas de hacer que la mitad del club dejara de mirar sus copas.
Kairo sonrió, sin saber muy bien si aquello era un cumplido o el principio de una venta.
—Gracias, supongo.
—No, no, escúchame. —Rosen levantó un dedo, muy serio de repente, arruinado un segundo después por el hipo—. Mañana. Hablamos en serio. Ahora mismo no me fío ni de mi propia firma. Apunta mi número.
Le tendió el móvil ya abierto en una pantalla en blanco. Kairo tecleó su nombre sin mucha ceremonia.
—¿Y si mañana no te acuerdas de nada de esto?
—Me acordaré. —Rosen se guardó el teléfono, ya distraído por algo que pasaba a su espalda—. De lo bueno siempre me acuerdo. Es de lo otro de lo que no.
Y volvió a perderse entre la gente antes de que Kairo pudiera preguntarle qué había querido decir con eso.
El piso de Alaitz olía a café recalentado y a protector solar. Ayni se dejó caer en el sofá, todavía en pijama, mientras Filo trasteaba con el portátil en la mesa de siempre.
—¿Has pensado en él esta mañana? Yo no he podido dejar de hacerlo.
Filo no necesitó preguntar de quién hablaba.
—Un poco sí. Anoche hubo un momento, cuando estábamos con los pines, que parecía estar bien de verdad. Y al minuto siguiente se quedaba mirando la nada, como si se le hubiera olvidado que estábamos ahí.
—Eso es normal el primer día. Se pasó toda la noche entrando y saliendo de sí mismo.
—¿Y con las flores qué pasó? Cuando sonrió, digo. Ahí sí que parecía otra persona.
—Ahí se soltó de verdad, un segundo. —Ayni se quedó pensando—. Y luego se fue, así, sin más, como si le diera miedo quedarse a ver qué pasaba después de sonreír.
Filo asintió despacio.
—Menos mal que le pediste el número antes de que se fuera del todo.
—Lo tengo. —Ayni ya estaba tecleando—. Mañana quedamos con él. Café, algo tranquilo, nada de fiesta. Está jodido, jodido de verdad, no jodido de "necesito distraerme". Y después de anoche, no se me quita de la cabeza.
Filo cerró el portátil.
—Pues entonces vamos las dos.
Jano llegó cinco minutos tarde, con las manos metidas en los bolsillos y la sensación de que todavía estaba a tiempo de darse la vuelta. No lo hizo.
Ayni lo vio desde la mesa de fuera y levantó la mano, sin exagerar el gesto, como si llevaran quedando así todos los martes desde hace años.
—Pensé que igual no venías.
—Yo también lo pensé como tres veces de camino.
Filo le acercó una silla con el pie, sin levantarse.
—Siéntate antes de que te arrepientas la cuarta.
Jano se sentó. Ayni empezó a hablar de un vecino que se había peleado con una gaviota por una tostada, y Filo añadió detalles cada vez más absurdos hasta que la historia dejó de parecerse a lo que fuera que había pasado de verdad.
—Cuando volvamos a Madrid voy a echar de menos esto, la verdad —dijo Ayni, estirando las piernas al sol—. Aquí al menos las gaviotas tienen algo que contar. Allí solo están las palomas, que son de lo más aburrido.
—Tú lo que vas a echar de menos es el sofá de Alaitz —contestó Filo sin levantar la vista del portátil—. En Madrid duermes en tu propia cama y no te quejas ni la mitad.
—Es que el sofá de Alaitz tiene algo. No sé qué es, pero tiene algo.
—Tiene un muelle roto, eso es lo que tiene.
—Espera. —Jano frunció el ceño, como si acabara de encajar algo—. ¿Vivís en Madrid?
—Sí, ¿por? —dijo Ayni.
—Yo también.
Filo levantó la vista del portátil por primera vez en toda la conversación.
—No jodas.
—En serio. Vivo allí desde hace un par de años.
—Pues entonces esto se pone interesante. —Ayni se giró del todo hacia él—. Filo y yo somos compañeros de piso allí. Aquí nos quedamos en el de Alaitz, que es una amiga nuestra de toda la vida. Ella es de Euskadi, pero tiene el piso de su familia en la costa y nos lo deja cada verano. Viene también de vez en cuando, cuando puede escaparse del trabajo.
—Así que técnicamente —añadió Filo— esto no es ni suyo del todo. Es de su abuela. Ella solo lo hereda cuando le toque.
—No digas eso delante de ella, que se pone rara —dijo Ayni, y volvió a mirar a Jano—. Entonces esto no acaba aquí. Cuando volvamos, seguimos quedando.
Jano escuchaba, callado, con el café enfriándose entre las manos. En algún momento, sin que nadie lo forzara, se rió. Corto, casi sorprendido de sí mismo, como quien no esperaba que le quedara risa esa semana.
—¿Veis? Ahí está —dijo Filo, señalándolo con la cucharilla—. Sabíamos que la tenías guardada en algún sitio.
—No suelo ser así. Tan... cerrado.
—No hace falta que seas de otra manera —dijo Ayni, sin darle más peso del necesario—. Solo hace falta que vuelvas.
Jano bajó la vista al café. Tardó un momento en hablar.
—Cuando volví anoche a la habitación, ya no estaba. —No hizo falta decir quién—. Se había llevado sus cosas. Todas. Hasta el cargador que siempre me pedía prestado.
Nadie dijo "lo siento", ni "seguro que vuelve", ni ninguna de las frases que Jano ya se había preparado para escuchar y esquivar. Ayni solo asintió, despacio, como si aquello no necesitara arreglo, solo espacio para haberlo dicho en voz alta.
—Menos mal que no te llevaste tú el cargador —dijo Filo al rato—. Habría sido peor.
Jano se rió otra vez, esta segunda vez sin sorprenderse tanto de sí mismo.
Cuando se despidieron, guardó los dos números en el móvil bajo un mismo nombre — "Beach Club" — como quien no está seguro todavía de qué va a ser aquello, pero no quiere que se le pierda.
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