Nuevos Sabores · Capítulo 1

La Puta Vida

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Tras el final de una relación que le dejó más heridas de las que reconoce, Rosen vuelve a un lugar que creía haber dejado atrás.

Videoclip oficial

El relato

Durante mucho tiempo, Rosen creyó que había encontrado la estabilidad.

No una de esas relaciones intensas que empiezan con promesas enormes y terminan antes de aprenderse los apellidos. Lo suyo parecía serio. Habían construido una casa juntos, compartían rutinas, hacían planes y hablaban del futuro como si ya les perteneciera.

Rosen estaba convencido de que aquel hombre era el amor de su vida.

Quizá por eso tardó tanto en darse cuenta de cuánto había cambiado para poder encajar en ella.

Al principio fueron detalles pequeños: una camisa que a su novio le parecía demasiado llamativa, una fotografía que no convenía publicar, una noche con amigos que terminaba provocando demasiadas preguntas, una afición que resultaba infantil, excesiva o poco apropiada para la vida ordenada que supuestamente estaban construyendo. Nada parecía lo bastante grave como para discutir, y Rosen cedía porque estaba enamorado. Porque una camiseta no importaba. Porque podía salir otro día. Porque, si aquello ayudaba a que su pareja se sintiera segura, tampoco le costaba tanto hacerlo.

O eso se decía.

Con el tiempo, dejó de ponerse ciertas prendas sin que nadie tuviera que pedírselo. Empezó a rechazar planes antes de recibir una queja. Cambió la forma de hablar, de mostrarse y hasta de relacionarse con los demás. Su novio ya no necesitaba decirle qué hacer: Rosen había aprendido a corregirse solo.

Durante años confundió aquella adaptación con madurez. Pensaba que dejar atrás una parte de sí mismo era el precio lógico de una relación estable. Ya no tenía veinte años. No podía vivir siempre rodeado de luces, fiestas y gente distinta. Había que crecer, sentar la cabeza y construir algo que durase.

La casa terminó pareciéndose a esa nueva versión de él: paredes decoradas con cuadros neutros que Rosen jamás habría elegido por su cuenta, un armario donde predominaban las prendas discretas, ordenadas por colores, muchas de ellas compradas después de escuchar que le quedaban más elegantes. Los objetos que antes ocupaban cualquier rincón habían ido desapareciendo para no romper la armonía.

Todo estaba limpio. Todo combinaba. Todo parecía estar en su sitio.

Menos Rosen.

Lo comprendió demasiado tarde, cuando la estabilidad que tanto se había esforzado en proteger comenzó a llenarse de grietas. Primero fueron pequeñas contradicciones: explicaciones que llegaban tarde, preguntas que su novio podía hacerle pero que Rosen no tenía derecho a devolver, partes de su vida que permanecían siempre fuera de la conversación.

Una noche, meses antes de que todo terminara, Rosen se atrevió a preguntar directamente.

—¿Con quién estabas hablando antes? —dijo, señalando el móvil que su novio acababa de dejar boca abajo sobre la mesa.

—Con nadie. Trabajo.

—A las once de la noche.

—¿Ahora vas a controlarme el móvil? —su novio ni siquiera levantó la voz. Solo suspiró, como quien tiene que lidiar con algo pesado—. Pensaba que ya habíamos superado esta fase tuya.

—¿Qué fase?

—La de desconfiar de todo. Ya sabes que eso viene de ti, no de mí.

Rosen se quedó callado. No porque estuviera de acuerdo, sino porque no encontró forma de explicar por qué, aun sabiendo que tenía razón en desconfiar, terminaba siempre siendo él quien pedía perdón.

—Perdona —dijo finalmente—. Tienes razón, ha sido una tontería.

Su novio sonrió, le pasó una mano por el pelo y cambió de tema. Y Rosen, una vez más, se acostumbró a desconfiar de sí mismo antes que de él.

Hasta que un día ya no pudo seguir haciéndolo.

La verdad no llegó como una confesión limpia ni como una conversación honesta. Llegó desmontando de golpe todo aquello que Rosen creía conocer. Las dudas que había apartado durante años dejaron de parecer imaginaciones. Había secretos, había mentiras, y sobre todo había decisiones que alguien había tomado por él mientras le hacía creer que eran compartidas.

Rosen no solo sintió que perdía a su pareja. Sintió que había vivido durante años dentro de una historia de la que desconocía demasiadas páginas.

Miró alrededor: los cuadros sin color, el sofá elegido entre los dos que nunca le había gustado, el armario lleno de ropa que apenas reconocía como suya. La casa entera diseñada para demostrar que habían construido una vida perfecta. Y comprendió que no sabía cuánto quedaba de él dentro de aquella perfección.

La relación terminó sin una despedida bonita. No hubo un último abrazo capaz de poner orden en todo lo vivido. Solo reproches, frases incompletas y una puerta que Rosen cerró sin saber si estaba huyendo de su pareja o intentando regresar a sí mismo.

Los días siguientes apenas durmió. Se movía por la casa como si acabara de instalarse en ella, abriendo cajones y observando objetos que había visto miles de veces, todos convertidos de pronto en pruebas de una decisión que no recordaba haber tomado.

Una mañana abrió el armario, sacó una camisa, la miró unos segundos y la lanzó al suelo. Después sacó otra, y otra más, hasta que la cama quedó cubierta de prendas que había comprado para parecer más serio, más discreto, más adecuado. Ropa que no odiaba hasta que comprendió por qué estaba allí.

Llenó varias bolsas. Descolgó los cuadros uno a uno, sin negociar con ningún recuerdo, sin conservar nada solo porque hubiera sido caro, bonito o elegido entre los dos. Avanzó por la casa desmontando aquella vida con la misma urgencia con la que años antes había ayudado a construirla.

Quería volver a reconocerse.

Durante los días siguientes, la casa se llenó de paquetes, cables y luces nuevas. Donde antes había tonos neutros aparecieron neones rosas. Recuperó objetos que llevaba años guardando y compró otros cuya única función era hacerle gracia, sin que le importara si combinaban entre sí. Precisamente por eso le encantaban.

También renovó el armario: volvieron la rejilla, los pantalones cortos, las prendas que enseñaban más de lo necesario, compradas sin preguntarse si alguien las consideraría elegantes, apropiadas o excesivas. Después entró en una peluquería y salió con el pelo teñido de rosa.

Al mirarse en el escaparate, sonrió. Allí estaba otra vez.

O eso pensaba.

Sus amigos celebraron su regreso. Decían que lo reconocían otra vez, que ya era hora de que recuperara su vida, que aquella versión luminosa, provocadora y descarada siempre había sido la verdadera. Rosen quería creerlos. Quería pensar que bastaba con eliminar los cuadros, cambiar las luces y borrar un número de teléfono para dejar atrás todo lo que había sucedido.

Pero, cuando el ruido se apagaba, la casa seguía resultando demasiado grande.

La primera aplicación de citas apareció en su móvil una noche en la que no conseguía dormir. La descargó sin darle importancia. Solo quería curiosear, ver quién seguía por allí, comprobar si todavía resultaba atractivo para alguien que no supiera nada de su relación, de sus dudas o de la persona en la que se había convertido.

El primer mensaje llegó antes de que terminara de completar el perfil. Rosen sonrió al ver cómo se acumulaban las notificaciones. Cada una parecía devolverle algo: deseo, control, posibilidades. Allí nadie le pedía explicaciones ni conocía sus heridas. Solo veían su cuerpo, su pelo rosa y la seguridad que sabía representar delante de una cámara.

A la mañana siguiente instaló una segunda aplicación. Después una tercera. En menos de una semana tenía más aplicaciones para ligar que horas disponibles en el día.

Las conversaciones se mezclaban, los nombres empezaban a confundirse, una cita terminaba mientras ya organizaba la siguiente. Si alguien tardaba en responder, Rosen abría otra ventana. Si una noche quedaba vacía, encontraba rápidamente a quien llenarla.

Volvió a salir. Volvió a bailar hasta que encendían las luces. Volvió a rodearse de cuerpos, música y gente que pronunciaba su nombre sin saber nada de él.

Cada encuentro parecía demostrar que había recuperado su vida.

Cada mañana demostraba que todavía necesitaba otro.

Rosen había escapado de una relación construida sobre secretos, pero comenzaba a fabricar una nueva mentira: la de que ya no buscaba nada serio, la de que nada podía hacerle daño, la de que aquella colección de noches rápidas era libertad y no otra forma de no quedarse a solas consigo mismo.

Cambió una casa silenciosa por el ruido constante. Cambió una relación que lo había reducido por decenas de personas que apenas llegaban a conocerlo. Cambió las explicaciones de su ex por una pantalla llena de notificaciones.

Y se convenció de que aquello era empezar de cero.

Sin darse cuenta, había vuelto a entrar en otro engaño. Esta vez no se lo estaba contando nadie. Se lo contaba él mismo.

Había recuperado el color, las fiestas y el deseo. Había vuelto a parecerse al hombre que recordaba. Pero seguía buscando en otros la respuesta a una pregunta que todavía no se atrevía a hacerse.

Rosen no quería dejar de buscar. La búsqueda era precisamente lo que lo mantenía a salvo: mientras hubiera otro perfil, otra conversación, otra noche esperando en la pantalla, no tendría que detenerse ante nadie. No tendría que confiar, elegir ni permitir que otra persona se acercara lo suficiente como para descubrir cuánto miedo seguía teniendo.

Buscaba constantemente algo que, en el fondo, no quería encontrar.

Porque encontrarlo significaría quedarse.

Y Rosen todavía solo sabía huir.

Así fue como volvió a entrar en La Puta Vida.

Personajes en la historia

Sin darse cuenta, Rosen busca dejar de buscar.